Desilusionado, quizás frustrado e incluso pudiendo llegar a decir que rozando los límites del enfado, ha sido como he salido de 12º Salón Gallego de Gastronomía y Turismo.
No voy a juzgar ni criticar el total de los días que duró el salón, en los que ha habido diversas actividades, a las que yo no he asistido y que seguramente han sido fantásticas para los que sí hayan podido disfrutar de ellas, pero sí me encuentro en el derecho de relatar lo que he visto durante las horas que duró mi visita y de los que me acompañaban, que simplemente terminó siendo decepcionante para mí y para ellos.
Después de un par de semanas de estar escuchando que se celebraba este acto en Ourense y ver la buena publicidad que tenía en diversos medios de comunicación, decidí que no me lo quería perder, que el día del sábado lo dedicaría a pasarlo en dicho lugar, ilusionado por aprender algo nuevo de personas llenas de conocimientos (sobre todo en el sector de los vinos gallegos). Cierto es que mis planes no fueron bien desde el principio; mi intención era llegar temprano por la mañana para poder asistir al mayor número de actividades del día, pero no pude estar allí hasta cerca de las 3 del mediodía.
Una vez en lugar donde se albergaba el salón (Expourense), todo se presentaba interesante. Encontramos sitio rápidamente para aparcar, cosa que siempre agrada; la entrada estaba animada: grandes pórticos hinchables, un gran cartel del salón e incluso dos coches a modo de presentación. Tras pagar una simbólica entrada de 3 euros, que eran descontados de los menús que presentaban los distintos restaurantes participantes, entramos en el gran recinto, a primera vista un lugar bien diseñado, iluminado y organizado.
Pasada la impresión de la primera imagen, empezamos a ver que el lugar estaba lleno de stands totalmente desatendidos, o en los que se encontraba alguien al frente estaba totalmente desmotivado para hacerlo o ésa era la impresión que daban; lo justificamos pensando en que era la hora de comer y que no había apenas visitantes paseando por el recinto y los que allí se encontraban estaban disfrutando de los menús que servían los restaurantes, que colocaron en la zona central. Decidimos centrarnos en esa zona con la intención de degustar alguno de esos menús. Primero, dimos una vuelta alrededor, ojeando los carteles y observando los elaboradísimos platos que iban sirviendo a los comensales; primaba el producto gallego, pero me sorprendió encontrar cocina extremeña, portuguesa o incluso francesa en un salón gastronómico de Galicia. Al final, decidimos comer fuera del lugar, ya que no nos poníamos de acuerdo entre nosotros, además de que nos apetecía dar un paseo por el hermoso casco viejo de Ourense y regresar más tarde, cuando el ambiente estuviese más animado.
Sobre las 5:30 de la tarde regresamos a Expourense, aparcamos rápidamente al lado de la entrada principal y esta vez lo vi como algo negativo, ya que eso quería decir que la afluencia de gente era la misma o incluso menor.
A la entrada nos encontramos un grupo de gaiteiros que amenizaban el lugar, que seguía falto de vida.
Cogiendo un plano del salón y el listado de los 137 expositores que había, empezamos a recorrer el recinto de manera ordenada y más observadora; paso a paso seguíamos encontrando stands sin personas que los atendiesen o igualmente sin ganas de hacerlo: había de todo tipo, incluso alguno de ellos nada tenía que ver con la hostelería o el turismo, como el expositor de piscinas o el de seguros Asisa. Visto lo visto, decidimos centrarnos en los expositores de los vinos: había un stand de cada C.R.D.O Gallegas, stands de Viña Costeira, Adega Vella y Adegas Sameiras, el único en aquel momento que estaba atendido; eso sí, un hola y poco más. Me vieron mirando sus botellas, cogiendo un panfleto informativo y no se molestaron en nada más. Señores, la gente observa y ustedes están para vender el producto, así que pongan algo más de atención en que su personal sea el que capten a los visitantes o ¿acaso, además de tener que acercarnos nosotros, también hay que sacarles la información con alicates de un producto del cual ustedes son los interesados en vender?.
Más adelante me detuve a mirar el de el C.R.D.O. Rías Baixas, en el cual exponían botellas sin marca, solo con una etiqueta que ponía Rías Baixas. Me resultó gracioso, ya que los demás exponían diferentes marcas de la D.O correspondiente; enseguida se acercó un amable chico que me ofreció una cata; le pregunté qué me servía y su mayor explicación fue la de un vino blanco, que a él le habían dicho que dijese que era albariño a secas y me pidió disculpas porque la nevera no funcionaba bien y no estaba a la temperatura recomendada. Señores del C.R.D.O Rías Baixas, ¿no tienen más que albariño en su región?, ¿no pueden contar nada más de su grandiosa D.O y se contentan con servir una simple cata de vino blanco de uva albariño? Caballeros, yo he catado vinos de su D.O, que son de los que se sirven los domingos por la tarde en el paraíso, frase que me enseñó mi mentor, y no solo eran monovarietales de uva albariño. Ustedes tienen más variedad hoy en día y mucho que contar, ya está bien de albariño igual a Rías Baixas; ustedes son más grandes que eso y los vinos que continen uva albariño ya no son únicos de su región, aunque entre los suyos se encuentren los mejores . ¡A ver si se dan cuenta y se aplican un poco!. Por supuesto, se les agradece que tuviesen un encantador y profesional muchacho que dio lo máximo de sí mismo para salir del paso, ya que no estaba ni formado, ni informado para atender dicho stand; bueno, si mal no recuerdo, me dijo que trabajaba para Expourense, no para ustedes, y que también tenía que ayudar en otro stand. Ustedes no se molestaron en mandar a nadie formado. ¡Con tres cajas de vino y un par de posters ya hacen una gran campaña informativo-publicitaria!.
Mientras me encontraba hablando con este chico, apareció un grupo de jóvenes cargados de catavinos que depositaron sobre el mostrador del C.R.D.O Valdeorras y, fijándome en lo que hacían, observé un detalle que me resultó gracioso: aquellos catavinos venían con el logotipo de la D.O. Monterrey, así que amigablemente le pregunté a uno de aquellos chicos si iban a hacer una hermandad de las denominaciones. Me miró, sonrió y pasó olímpicamente de mí. Seguí mirando la escena: preparaban los catavinos, cogían botellas de la estantería de exposición con un ambiente muy animado entre ellos; supuse que iban a organizar una cata y así fue, pero resultó que era también solo entre ellos, no importándoles absolutamente nada los que nos encontrábamos allí mirando. No observaba yo solo, también se encontraba mi hermano mirando asombrado tal curiosa estampa: él me miraba y veía mi cara de frustración, no por no unirme a la cata, ya que no había nada que no hubiese ya catado antes o desconociese, aunque cada botella es un mundo por descubrir, sino por el hecho del desprecio que hace alguna gente soberbia de este mundillo: “si no te conozco, ni te explico, ni te enseño y, como no te conozco, también doy por sentado que no tienes ni idea y ya no establezco una conversación contigo” . Pues señores, tienen razón, yo no soy conocido y posiblemente no sepa más que ustedes, pero tengo la oportunidad de expresar mi opinión gracias a este blog y pienso que yo nunca obviaré a nadie y menos si es desconocido para mí, con la esperanza de que con lo poco que le pueda contar a alguien, se le abra el mundo del vino y lo vea como un arte y no como una simple bebida.
Una vez que nos dimos cuenta de que allí no íbamos a ver más que un grupo de amigos disfrutando entre ellos, decidimos ir al stand de el C.R.D.O. Monterrei, que se encontraba separado de los demás, ocupaba un puesto central y un tamaño bastante más considerable que los de las otras D.Os; esto era lógico, ya que es uno de los patrocinadores del evento. Mostraban un stand muy bien estructurado y bonito, con una gran estantería cuadrada, en donde había muchas y grandes marcas de la región, un mostrador atendido por dos azafatas y mesas altas donde degustar las catas que ofrecían. Yo ya no tenía ganas de catar y pensaba más en tomar uno de los combinados tropicales que servían en un establecimiento de corte caribeño, que había montado en una esquina del recinto, así que nos dirigimos a él, pedimos una caipiriña y dos mojitos, servidos en vasos de plástico, y, sin ni siquiera ser una maravilla, me cobraron lo que para mí fue un precio abusivo (15euros). Con nuestros “cócteles de oro” salimos a la zona reservada para fumadores, que yo no me esperaba encontrar. La salida era una de las puertas de emergencia con un cartel escrito a mano, la zona estaba en el exterior perfectamente cerrada por una carpa con laterales incluidos y con las estufas de paraguas tan de moda ahora, sillas, papeleras y ceniceros. Lo cual agradezco porque soy un enfermo adicto al tabaco aún, pero resultaba de coña ver eso allí; supongo que era extra-oficial. Después de la parada decidimos marcharnos, ya que anochecía y teníamos un par de horas de coche por delante.
Justo antes de salir del recinto, observamos como en el stand del C.R.D.O Monterrei las monísimas azafatas, seguramente no siendo conscientes de lo que hacían, llenaban los catavinos hasta arriba a una cuadrilla de mozos con una actitud de “mira tío, es gratis, vamos a mamarnos de vino”.
Simplemente me despido y repito. Yo salí decepcionado del 12º Salón de Gastronomía y Turismo; me perdí lo bueno, espero que tú no.
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Comentarios
Aún me estoy riendo del chico del stand de Rias Baixas ofreciendole un blanco a Antonio.
Habiendo expresado mi opinión, un afectuoso saludo a todos los lectores de este blog